miércoles, 15 de noviembre de 2017

Alunizaje.

Quiero volar, contactar con otra atmósfera, aterrizar en la Luna, en Plutón, en Saturno o en una galaxia muy lejana. Quiero explorar tierras inhabitadas, bailar en lugares que no han conocido el ritmo o que, por el contrario, tienen un ritmo propio nunca antes visto. Quiero caminar, correr, saltar, chapotear, pisar, levitar, patear, ir a la pata coja, jugar… Tropezar. Quiero que mis pies me  guíen en la caída y tocar el fondo con las manos para coger impulso en la subida. Quiero vivir soñando y soñar viviendo. 

Quiero ser libre en este mundo de presos. Quiero ser el ritmo de tus pasos, el soplo de aire fresco agitando tu pelo, la luna que te inspira e inspirarme a mi misma. Quiero mirar atrás y sonreír por haberlo intentado aunque el resultado no haya sido el esperado. Quiero ser el pez que nada a contracorriente ignorando lo que la mayoría intenta imponerle. Demostrar que difícil no es sinónimo de imposible, porque donde hay un deseo hay una posibilidad.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ya ves, querida.

Querida yo de hace tres años:

Te escribo para decirte que te equivocabas, el mundo no se acaba porque hayas perdido una pierna. Sí, es cierto que la vida es más difícil, pero no por ello menos bella. 

He elegido este día porque hoy hace exactamente tres años desde el fatídico accidente en el que una anciana de otro coche murió y tú (nosotras) te quedaste con ese recordatorio eterno y poco agradable de lo que sucedió. No hay ni un solo día que no recuerde el accidente y que no piense en el conductor del camión que nos arrolló. Dijeron que se encontraba bajo el efecto de las drogas, ¿sabes? A día de hoy sigo sin entender como alguien que se dedica a la conducción profesional o que simplemente se encuentra en la situación de tener que conducir, se droga. Heroína llevaba el "amigo" metida en vena, ni más ni menos. 

Pero no escribo esta carta para resucitar viejos rencores y miedos que, en realidad, sé que nunca voy a conseguir enterrar. Te escribo esta carta para que dejes de culparte, para que entiendas que una pierna no es la vida y que no podías hacer absolutamente nada para cambiar lo sucedido. Esa posibilidad no estaba en tus manos, en todo caso estaba en las del camionero. 

Recuerdo la sensación de inutilidad que sentiste (sentimos) intentando salir del coche para ayudar a la señora Romina, que así se llamaba la mujer tristemente fallecida, como gritabas suplicando ayuda. Recuerdo la cara del camionero que bajó tambaleándose del camión. Recuerdo también la cara de la persona que nos ayudó, como intentó parar la hemorragia que me (nos) estaba seccionando no solo la pierna, sino también la vida. Como se lanzó a ayudar a la buena señora importándole poco que el coche comenzase a arder. Quiso sacarla, pero era demasiado tarde. El coche explotó en el mismo momento en el que los bomberos apartaban a aquel muchacho que se retorcía en el amarre con la única intención de ayudar. Siempre he pensado que aquel chico era un ángel, aunque los ángeles no son soeces y este le escupió en la cara al camionero cuando pasó por su lado.

 Fue ese ángel llamado Martín el que me robó las primeras sonrisas en el hospital. Fue también ese ángel el que me animó a levantarme de la cama, a caminar de nuevo. Fue ese ángel el que ejerció de bastón durante mi periodo de iniciación. Es ese ángel el que ahora vela mi sueño cada noche. A Martín le debo la vida en más de un sentido. No solo me salvó aquella tarde en la carretera, sino que me salva cada día en el que mi sonrisa se vuelve pesada y decide no salir. Me salva en cada mal pensamiento, me salva del camionero que me persigue en pesadillas. Me salva ante la tristeza. Me recuerda cada día que una pierna no es la vida, que podría ser peor y que me queda mucho camino por andar aunque tenga que hacerlo a la pata coja. 

Ya ves, querida. La vida sigue siendo hermosa. 

Con cariño, 
Tu yo del futuro.


lunes, 6 de noviembre de 2017

Margaritas.

Entramos en un bucle. Me miras, te miro; suspiras, suspiro; te acercas, me quedo paralizada; me tocas, me estremezco; sonríes, sonrío; te alejas, te pierdo. Me pierdo. Vuelta a empezar. 

Desde que te conozco así son nuestros días, como si fuésemos margaritas: te quiero, no te quiero, te quiero, no te quiero, te quiero, no te quiero... Te necesito. Pero todas las margaritas tienen un número de pétalos limitado. 


viernes, 3 de noviembre de 2017

Carta al cielo.


Querida mamá:


He decidido escribirte esta carta y mandarla al cielo para decirte que estoy bien y que ya lo he entendido. 

Creía que te habías ido porque ya no me querías o porque te habías enfadado con nosotros. No entendía qué era estar muerto, mami, pero ahora lo entiendo, porque mi amigo Tom también lo está. Un coche lo atropelló delante de casa cuando venía a visitarme como cada tarde. Vi como sucedía, mami, y ahora entiendo que morir duele. No solo al que muere, sino a quien lo quiere. A papá, a mí... 

Me duele el estómago como si un agujero se hubiese formado en mi tripa y papá no deja de decirme que no llore más, que me voy a deshidratar. Pero ¿como no voy a llorar si los ojos de Tom ya no me miran? ¿Si ya no se afila las uñas en mi ropa? ¿Si no demanda su cuenco de leche? ¿Si ya no ronronea cuando le rasco las orejas? ¿Si ya no estás, mami? Le he dicho a papi que me quiero morir para estar con vosotros y, entonces, se ha echado a llorar como si fuese un niño de los de mi clase cuando se caen en el patio y se raspan las rodillas. Con la cara roja por el llanto y la nariz mocosa me ha suplicado que no vuelva a decirlo. Papi también está triste, y si yo me muero nadie le dará besos en las lágrimas para secárselas. Por eso también te escribo, mami, para que sepas que yo cuidaré de papi y para pedirte que nos esperes. Dentro de muchos años nos veremos. ¡Cuida de Tom!

Te quiero, 
Carlota.


lunes, 23 de octubre de 2017

Amor a la primera calada.


Evasión. Un viaje más. Solo uno más.

Tenía dieciséis años cuando mis amigos me presentaron a María y fue amor a la primera calada. Con ella mis problemas desaparecían, se hacían pequeños e irrisorios.  Pocos meses después me vi sumido en problemas por culpa no solo de María, sino también de Ginebra, la cual me calentaba en invierno como ninguna otra. Con dieciocho, conocí a Coca y las cosas se empezaron a poner intensas. Ginebra era demasiado absorbente, pero sumamente adictiva, ya no concebía mi vida sin ella. María, por su parte, me mantenía en una nube (de humo) de la que me costaba mucho bajar, tanto que nunca lo hacía. Coca… Coca me descubrió un mundo nuevo. Viajar con ella era el mejor de los orgasmos. 

Hasta que un día no desperté en mi cama, sino en la habitación de un hospital conectado a tubos extraños. María no estaba, ni tampoco Ginebra y la sola mención de Coca causaba una mueca horrorizada en las caras de los individuos de bata blanca que me rodeaban. Las echaba de menos, demasiado, más que lo humanamente posible. Las extrañaba tanto que gritaba sus nombres entre espasmos. Las extrañaba tanto que estuve a punto de matar a una enfermera que se negaba a conseguirme una visita de mis amadas. Las extrañaba tanto que las veía en las esquinas. Las extrañaba tanto que salté por la ventana. 


Mis libros

Mis libros
Clic en la imagen y a leer, ¡adelante!