lunes, 16 de octubre de 2017

Galicia non arde, a Galicia quéimana

Hoy Galicia amaneció cubierta de niebla. Y nos creeríamos, tal vez, que era solo niebla si no fuese por el olor a ceniza, desesperación y muerte. Nuestros montes, nuestra fauna y, en definitiva, nuestros hogares han sido devorados por las llamas. Fuego provocado intencionadamente. Terrorismo forestal imperdonable.

Hoy Galicia llora, porque no hay nada que le duela más a un gallego que ver su tierra destruida. El verde se convirtió en naranja, el olor de la naturaleza más salvaje y bella fue sustituido por el humo que todavía encharca nuestros pulmones. Polvo y ceniza. Miles de hectáreas calcinadas, animales muertos o despojados de su hábitat, familias que veían sin poder hacer absolutamente nada como sus hogares desaparecían. Vidas perdidas.

Hoy Galicia llora y cruza los dedos porque esa lluvia que tanto caracteriza nuestro clima cubra por completo todo el territorio.

Y, sobre todo, hoy Galicia llora porque ayer no pudo hacerlo. Durante este fin de semana el pueblo gallego volvió a demostrar su valía. Todos a una se lanzaron a las calles, cubo en mano, rabia en pecho, para proteger lo que tanto aman. Lo que tanto amamos. No podría enorgullecerme más de ver a mi pueblo apretando los dientes y ayudándose los unos a los otros para salvar “a nosa terriña”. Cadenas humanas intentando solventar las llamas, voluntarios, gente acogiendo animales en peligro, ofreciendo sus casas…


Hoy gritamos al viento aquel lema que tan famoso se hizo cuando el hundimiento del Prestige en el 2002 tiñó nuestras costas de negro: NUNCA MÁIS. Y os lo gritamos a vosotros, a los que habéis intentado destruir (de nuevo) nuestra tierra. Podéis quemar nuestras casas y nuestros montes, pero resurgiremos de las cenizas porque no podréis quemar nuestro espíritu. Al igual que tampoco podréis quemar el espíritu de nuestros hermanos asturianos y portugueses. 


viernes, 13 de octubre de 2017

Tequila.

Una canción y dos tequilas. 

El alcohol comienza a hacer efecto, tu recuerdo se difumina. Unos pies taconean cerca, acompañados por el contoneo de unas caderas.  Te vuelvo a ver nítida. 

Dos canciones, tres tequilas.  

La dueña de las seductoras caderas se acerca segura de sí misma. Es morena, ¿por qué tiene que ser morena? 

Tres canciones, cuatro tequilas.

Se llama Emilia, eso lo capto, pero empiezo a estar mareado. Me hace un gesto y la sigo a la pista de baile. Se acerca, bailamos. Lleva tu mismo perfume. Vuelvo a la barra. 

Cuatro canciones, cinco tequilas. 

Decido ser valiente y vuelvo con Emilia. Ella me mira, pero yo no la veo a ella. Necesito otro tequila. 

Cinco canciones, seis tequilas. 

Emilia me besa, segura y decidida. Yo la beso, confundido y culpable. 

Muchas canciones, demasiados tequilas. 

Despierto en casa de Emilia. La cama desecha, una lámpara rota, ropa en el suelo, hedor a alcohol. Ella se mueve, la cama cruje y mi cabeza estalla. Creo que ahora también me tengo que olvidar del tequila. 


martes, 10 de octubre de 2017

Meteorito.

La luz del ocaso se filtraba por las rendijas de la ventana. Candela contaba con suma impaciencia los segundos que faltaban para que anocheciera por completo. Mientras tanto, Paulo se afilaba las uñas contra una columna de hormigón colocada al otro lado de la oscura estancia. En eso los había convertido el meteorito, en monstruos clandestinos obligados a sobrevivir en la noche mientras el mundo humano solo giraba de día. 

Cuando todo en el exterior se tornó en oscuridad, Paulo saltó por encima de Candela, haciendo añicos la ventana. Ella lo vio partir regalando un grito a la luna a modo de llamada para las demás criaturas nocturnas. Con una sonrisa triste siguió a su hermano en la penumbra, abrazando su salvaje condición, mimetizándose con la oscuridad de la noche. 


miércoles, 4 de octubre de 2017

Y ahora estoy despierto.

Atravesé los cinco continentes. Mi miedo a volar se convirtió en mi asiduo compañero de viaje. Pasé más tiempo rodeado de desconocidos que de mi familia. Aprendí tres idiomas y casi olvido aquel con el que crecí. La añoranza de mi tierra era una de las tantas cicatrices que adornaban mi alma. Perseguí tus sueños como si fuesen míos. Corrí tan rápido que ahora me tiemblan las piernas. Me relacioné con gente que aborrecía, me reí de sus chistes y brindé en su honor simplemente porque a ti te hacía feliz su compañía. Sacrifiqué mis deseos y desterré a mis amigos. Medio olvidé a mi familia y abandoné mis sueños. ¿Y sabes por qué? Porque tú te convertiste en mi sueño. 

Y ahora estoy despierto. 




lunes, 2 de octubre de 2017

Constelaciones.

Tengo una pequeña colección de estrellitas en una vitrina. Como si de una constelación privada de hermosos astros se tratara. Solo brillando para mí, solo mías. Algunas son blancas como la leche, otras rosadas, otras del delicioso color del chocolate. Todas distintas y, a la vez, todas iguales; representando la vida y la muerte en cada uno de sus extremos puntiagudos. La vida arrancada de la piel de sus dueñas que en muy mala ocasión decidieron tatuarse una estrella. La muerte, que sucede a la obtención de mi tan preciado premio, obtenido a base de sangre y miedo.


Mis libros

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