Mis libros

martes, 28 de febrero de 2017

CENIZAS


Polvo de color gris claro que queda después de una combustión completa.

A veces, cuando las cosas se tuercen nunca vuelven a su estado original. Todo parece ir bien, la vida fluye y tú fluyes con ella dejándote llevar. Al principio, no eres consciente de los pequeños detalles que marcan el rumbo y solo ves las sonrisas, las caricias, los te quiero y los tú eres mi mundo, pero todo eso en lo que te fijas solo es una pantalla que te absorbe de la realidad, como la televisión, cumple la función de entretenerte para que no te des cuenta de lo que sucede fuera del salón de tu casa.

Dejarme engañar por las nubes de color rosa a las que prometió subirme o por las constelaciones que juró bajarme, fue mi peor error. Había indicios que aventuraban lo que sucedería, indicios que todos veían excepto yo, pero estaba tan enamorada que me convertí en ciega, sorda y muda por él.

Mikel era todo lo que soñaba en un hombre: guapo, atlético, elegante, inteligente, con futuro y aspiraciones. Cuando miraba sus enormes ojos verdes me perdía en ellos y todos mis demonios se apaciguaban. Nos conocimos en una fiesta, estaba con mis amigas hablando de todo y de nada en un banco, salvando el mundo con ideas innovadoras que muchos otros habían tenido antes que nosotras, cuando lo vi. Lo vi y ya no pude apartar la vista de él. Estaba solo, apoyado en un árbol, mirándonos en la distancia mientras fumaba un cigarrillo, con un aire misterioso que lo hacía tremendamente atractivo. Mis amigas no se percataron de su presencia, pero yo estaba encandilada, tanto que cuando decidieron irse puse mil excusas para volver sola al banco y comprobar si él seguía allí. Y si, seguía allí. Me senté en el banco fingiendo que no lo había visto y él se acercó, me dijo con voz seductora su nombre, tomó mi mano delicadamente y la acercó a sus labios, dando un sutil beso y mirándome a los ojos dijo: Encantado. Pero fui yo la que quedó encantada, embrujada y extasiada y desde ese momento ya no volví a pertenecerme, era suya. Le había vendido mi cuerpo y mi alma al mismísimo diablo.

"Estaba solo,
apoyado en un árbol,
mirándonos en la distancia
 mientras fumaba un cigarrillo,
 con un aire misterioso que
 lo hacía tremendamente
 atractivo".
Al poco tiempo empezamos a salir, él me robaba de la universidad en su impecable coche blanco, me despistaba de mis obligaciones, me alejaba de mis amigas y me enemistaba con mi familia. Obviamente, yo no era consciente de ello, para mí Mikel era lo único que merecía la pena en el mundo, el resto me daba igual. Sucumbía a todos sus caprichos, me arreglaba como a él le gustaba, salía a divertirme solo con él, dejé las redes sociales, a mis amigas y finalmente, perdí mi identidad. Ya no era Sara, ni lo fui durante mucho tiempo. Me había convertido en la novia de Mikel. Los días se volvieron semanas, las semanas se volvieron meses y cumplimos un año de relación. Para aquel entonces ya no tenía amigas, había dejado la universidad en el tercer año y mi familia apenas me hablaba. Fue entonces cuando Mikel “me salvó” de esa situación pidiéndome que me fuese a vivir con él. Mis más brillantes sueños en los que él era mi caballero de brillante armadura se convirtieron en oscuras pesadillas y él, en el dragón que me mantenía cautiva en mi torre. No podía salir sin su consentimiento, me quitó el móvil, como a una adolescente castigada y cambió su dulce apelativo de cariño por “zorra”, “zorrita”, “puta” y variantes. Esto fue sucediendo a lo largo de aquellos primeros maravillosos meses en los que no me dolía todo el cuerpo. Después llegaron las palizas, las violaciones, los llantos, los lo siento y los esto lo hago porque te quiero.

Cuando me fui a vivir con él estaba ciega, sorda y muda metafóricamente hablando. Tras un par de semanas era muda, sin tanta metáfora porque todo lo que le decía le parecía mal o, simplemente, le irritaba mi voz. Tras un par de meses sus gritos casi me dejaron sorda. Después de seis meses casi me deja ciega. Mikel no discriminaba zonas del cuerpo a la hora de descargar su furia. Le daba igual si se veían, él tenía el control de cuando salía su saco de boxeo personal a la calle. Tuve los dos ojos morados muchas veces, más de las que puedo recordar. Malvivía hundida en un pozo en el que ya no me quedaban lágrimas, en un pozo seco. Dejé de ser dueña, ya no solo de mi cuerpo sino también de mis pensamientos, me había acostumbrado a ser una muerta en vida de la que nadie se acordaba.

Lo último que recuerdo de mi relación con ese monstruo de voz seductora, es una luz blanca en el techo, hermosa, brillante y absorbente como alguna vez fueron sus ojos. Fue mi madre quien me encontró tirada en el suelo del salón, desangrándome. Mikel se había cansado de su mascota y, como tantos malnacidos en el mundo,  intentó deshacerse de mí. Pero cometió un error, no era tan listo como ambos creíamos. Cuando iba a dar rienda suelta a su furia, con su pequeño y frágil saco de boxeo, siempre se aseguraba de amortiguar los gritos y de impedir la visión de los vecinos. Hasta ese día le había salido siempre bien, pero tal vez el nerviosismo que le provocaba lo que iba a suceder lo hizo descuidado, dejando la puerta mal cerrada y la ventana mal tapada. Aquel vecino, cuya ventana estaba frente a la nuestra, lo vio todo. A ese hombre le debo la vida. Llevaba un par de meses sospechando que pasaba algo raro en nuestra casa. Tanto era así, que previamente se había puesto en contacto con mi familia y éstos le pidieron por favor que los llamase si veía que sucedía algo. Eso fue lo que hizo, llamó a mi madre y a la policía cuando vio a mi verdugo con un cuchillo de cocina en la mano apuñalándome una, otra y otra vez. Yo no gritaba, no lloraba, solo lo miraba. Miraba a los ojos de aquel monstruo que alguna vez fue el chico misterioso apoyado en el árbol. Lo miraba y me preguntaba cómo había estado tan ciega, esa maldad que escupían sus ojos debía de haber estado siempre allí.

Mi madre ha vuelto a ser mi madre, mi confesora, mi salvadora y mi amiga. Mi hermano puede abrazarme de nuevo sin que nadie se lo impida; mis amigas no se separan de mi lado, han perdonado todos mis desplantes y comprenden que esa no era Sara, era la novia de Mikel. Mi padre, que es ahora mi abogado y mi mayor defensor en la vida, se está encargando personalmente de que ese, al que un mal día llamé amor, se pudra en la cárcel.

"...estoy intentando descubrir quién
es esta nueva Sara".
He vuelto a la universidad, estoy integrándome de nuevo en la sociedad y estoy intentando descubrir quién es esta nueva Sara. En la asociación de mujeres que han sido, como yo, destruidas por la violencia de género me han aconsejado escribir mi historia. Dicen que es una forma de ayudarme a sacar fuera el dolor. En algún lugar, escuché o leí que tras escribir una experiencia traumática es bueno quemar el manuscrito, para que no quede nada más que ceniza de lo que un día fue el infierno. Yo, Sara Escribano Ruiz, estudiante de derecho y con veintidós años de edad, he decidido que no quiero reducir el infierno a cenizas, prefiero congelarlo. Congelar todas y cada una de las llamas que laceraron mi piel y poder el día de mañana girar la cabeza para verlo. No quiero destruir las memorias del infierno, quiero guardarlas como un símbolo de que ahora soy yo la que decide no volver a ese oscuro lugar nunca más.


jueves, 23 de febrero de 2017

BUSCAR


Hacer algo para hallar a alguien o algo.

Dicen que quien te quiere te busca, pero, tal vez, esa persona que esperas que te busque esté haciendo exactamente eso, esperar. El tiempo vuela y el mundo está lleno de personas esperando a que otros muevan la ficha en un tablero imaginario, pero ¿sabéis qué? La vida no es un juego, no consiste en un conjunto de jugadas con turnos previamente determinados. La vida es improvisación, sonrisas, sorpresas, llantos, olvidos, recuerdos y canciones. Si lo que quieres es que te busquen, no te resignes a sentarte y esperar: busca. 

Probablemente, en este preciso momento en el que me encuentro escribiendo esto, o en este otro instante en el que tú te encuentras leyéndolo, haya alguien esperando a ser buscado, cuando lo que realmente debe hacer es levantarse del sillón y buscar. El mundo está lleno de posibilidades, variables, errores y aciertos. Las esperas solo son pérdidas de tiempo y, señores, el tiempo es un bien escaso que tenemos la obligación, más que el privilegio, de aprovechar.

También dicen que quien no arriesga no gana. Creo que me lo anoto.




A Anxos; querida, todavía tienes algo sobre lo que recapacitar.

miércoles, 22 de febrero de 2017

BRÚJULAS


Instrumento consistente en una caja en cuyo interior una aguja imantada gira sobre un eje y señala el norte magnético, que sirve para determinar las direcciones de la superficie terrestre.



"Simplemente, tu compañía
ilumina las mañanas grises,
guía las noches oscuras y
calienta las gélidas
madrugadas".
Deja que te cuente los lunares, son como brújulas que indican a mis dedos donde encontrar tus secretos. Permíteme apreciar el brillo de tus ojos, ese brillo que solo aparece cuando me miras y que se acentúa cuando digo las palabras mágicas. A veces, me pregunto como diablos he podido vivir sin tu olor en mi ropa durante tanto tiempo, debería embotellarlo para tenerte cerca cuando te hayas ido. Concédeme un segundo de tu valioso tiempo y te prometo que no te arrepentirás de haberlo hecho, porque haré que ese segundo lo quieras convertir en una vida. 

Alguien me dijo alguna vez que las sonrisas pertenecen a aquel que las provoca y si eso es así, eres el dueño de una gran cantidad de ellas. No voy a decir que te necesito en mi vida, porque nadie es imprescindible. Simplemente, tu compañía ilumina las mañanas grises, guía las noches oscuras y calienta las gélidas madrugadas. Soy consciente de lo efímero de este sentimiento, no obstante, sería demasiado estúpido dejar pasar la oportunidad de vivirlo. La vida no es nada si dejamos de ilusionarnos. Deja que te cuente los lunares y ya luego veremos.



martes, 21 de febrero de 2017

IMPASIBLE


Incapaz de padecer o sentir.

El día había sido agotador y lo único que Hugo anhelaba era llegar a su casa y descansar. Tal vez descorcharía una botella de ese vino tan caro que tanto le gustaba, se sentaría ante la chimenea con un buen libro y reposaría todas las preocupaciones que la sociedad moderna le cargaba. Sería una noche tranquila, sin embargo, no lo suficientemente desestresante. Hugo estaba convencido de que se merecía un premio por tener que soportar situaciones tan desquiciantemente mundanas, por lo que una copa y una buena lectura no serían suficientes para calmar su sed de vida. 

Una vez hubo abandonado la oficina, se dirigió a su coche con una sonrisa indescifrable para los transeúntes que se cruzaban con él en el aparcamiento. De camino a su casa, paró en un supermercado de esos que permanecen abiertos las veinticuatro horas y compró una garrafa de lejía y una pizza. Ya equipado con los víveres, se dispuso a regresar a su hogar y disfrutar de una agradable velada realizando su pasatiempo favorito. Cuando llegó, preparó la pizza para cocinarla posteriormente, dejó una botella de vino refrescando y el libro junto al sillón que estaba colocado frente a la chimenea. A continuación, bajó al sótano y se dirigió a esa puerta que siempre estaba bloqueada para las visitas, sacó la llave que siempre colgaba de su pecho y la abrió. En el interior se respiraba el gélido aroma que solo el miedo puede provocar, la tensión y el pánico vibraban en el ambiente. Un sollozo comenzó a sonar en la esquina más apartada de la estancia. Hugo encendió la luz y fue directo hacía el origen del llanto. Una vez estuvo a la altura dijo:

- Hoy es tu turno.

Con la misma, agarró por el cuello a la encadenada muchacha que suplicaba con la mirada por su vida y la arrastró al pequeño habitáculo situado en el interior de la habitación, separado por un par de tabiques. Su víctima temblaba y forcejeaba a partes iguales, pero Hugo se mantenía impasible, la euforia que la muerte le provocaba era inigualable. El resto de habitantes de la habitación bloqueada, guardaron silencio y aguantaron la respiración, aliviados en parte por no ser el plato del día, mientras su captor y verdugo se divertía con sus juguetes.

Una hora más tarde, Hugo se encontraba reposando frente a la chimenea con un trozo de pizza en la mano, una copa de vino a su lado y el mejor libro que tenía en su biblioteca. Por las escaleras del sótano se filtraba un intenso olor a lejía que se mezclaba con el de la pizza, creando el aroma perfecto para su cerebro.


domingo, 19 de febrero de 2017

VIVE (II)

"Una guerra constante entre
mi luz y mi oscuridad".
Ahora, miro atrás y puedo sentir toda la frustración, el dolor y la decepción que sentí hacia mí misma. Lo que más me duele es comprobar que sigo teniendo momentos de flaqueza en los que veo como la vida se escapa entre mis dedos sin poder retenerla. Miro el reloj y descubro que llevo casi tres horas sentada en la cama, mirando a ninguna parte, obnubilada por el vacío y el silencio, solo rotos por mis propias lágrimas. Intento comprender lo que está pasando… Intento comprenderme a mí y  no lo consigo. Mi lucha siempre ha sido conmigo misma, a pesar de que mis demonios son de carne y hueso. Una guerra constante entre mi luz y mi oscuridad.

Pienso en todo lo que quiero hacer, en mis sueños, mis proyectos, en formar una familia o tener una pareja. Pienso en cómo me gustaría que alguien me abrazase, me besase y me dijese “Aquí estoy”. Me pregunto si de verdad puedo vivir sin contacto humano o, tal vez, si de verdad quiero hacerlo. Simplemente, ya  no confío en nadie. Me destrozaron el corazón demasiadas veces, dejándolo en mil pedazos de tamaños tan minúsculos que los tuve que recoger con la ayuda de una lupa y, ahora, todo está revuelto a mi alrededor. Mi mente está sumida en un caos desorbitado, como si alguien buscara algo con ansiedad y no pudiese encontrarlo. Quisiera gritar, soltar todo lo que estoy sintiendo al aire, dejarlo libre y verlo volar, pero necesito ayuda.

"Quizá, de vez en cuando, debería
hacerle más caso a mi tatuaje
 y vivir el momento".
 En un instante de lucidez, veo mi reflejo, ese que siempre me revela mis secretos mejor guardados, y me da miedo lo que veo. Me doy miedo. Se me rompe el alma al descubrir a alguien que ha estado demasiado tiempo muriendo en soledad cuando, en realidad, pagaría al mismísimo diablo por sonreírle a la vida como alguna vez , en un pasado muy lejano, hice. Me rompe el alma, me acribilla los pedazos de corazón que quedan en pie.


Necesitaba ayuda la primera vez que mi reflejo me recordó que había dos caminos y la necesito ahora. Sin embargo, la oscuridad se cierne sobre mí como un gran nubarrón amenazando lluvia. La tormenta, llena de recuerdos y malas vivencias de mi pasado, me atosiga y me encierra en un limbo donde solo quiero cerrar los ojos y despertar al día siguiente con la suficiente fuerza para dar más de cuatro pasos fuera de mi cama. Quizá, de vez en cuando, debería hacerle más caso a mi tatuaje y vivir el momento.




Hoy os traigo otro fragmento de Vive, un trabajo más extenso que estoy preparando con una portadora de experiencias vitales y sabiduría. Os pido que lo tratéis con cariño, puesto que todo lo que está aquí escrito y todo lo que mostraremos más adelante en relación, son vivencias reales. Vuestros comentarios y opiniones son bien recibidos, pero sobretodo, son agradecidos. 

Por otro lado, solo quiero decir: GRACIAS DE NUEVO, MARÍA, POR TU INMENSURABLE GENEROSIDAD.


¡Un saludo a todos!


jueves, 16 de febrero de 2017

AMBICIÓN


Deseo ardiente de conseguir algo, especialmente poder, riquezas, dignidades o fama.

Emma se encontraba inmersa en miles de papeles en el pequeño despacho situado en la parte de atrás de la casa de sus padres. Hacía ya doce años que vivía en la lúgubre vivienda familiar sola, con la única compañía de sus peces de colores y su vieja gata Kitty. Sus padres habían fallecido en un accidente de coche cuando ella acababa de cumplir los diecinueve años, la casa y la gata eran lo único que le quedaba de ellos y decidió quedarse en ella hasta que la vejez se lo permitiese. 

Kitty hacía ya un rato que había decidido abandonarla para ir a guarecerse en el interior de la casa del frío que, indudablemente, era más incipiente en el despacho. No obstante, Emma no podía seguir su ejemplo, debía terminar el trabajo que tenía entre manos o no llegaría a entregarlo dentro de los plazos establecidos. La mujer se encontraba completamente ajena a lo que sucedía en el exterior del habitáculo que ocupaba en ese momento, por lo que no se percató de la presencia del individuo que la vigilaba por la ventana, escondido entre los matojos. 

"...la casa y la gata eran lo
 único que le quedaba
 de ellos y decidió
quedarse en ella hasta
que la vejez se lo permitiese". 
Un chillido agudo la extrajo del mundo paralelo en el que se instauraba mientras trabajaba y la transportó a la realidad. No sabía donde se había originado, pero algo le dijo en su interior que debía comprobar que todo estaba bien. Salió del despacho al patio trasero, avanzó silenciosamente, parándose de vez en cuando para comprobar si algún ruido se repetía. Entonces, llamó suavemente por la gata, la cual, a pesar de ser un animal extremadamente independiente, siempre venía a su encuentro cuando ella la llamaba. Kitty no apareció y esto extrañó profundamente a Emma, que decidió ir en su busca. Rodeó la casa y no la encontró, por lo que subió la escalinata y penetró por la parte trasera en el interior de la cocina. Una vez estuvo dentro, la puerta de entrada se cerró, pero Emma no le dio mayor importancia. La mujer avanzó por la casa hasta llegar al salón, entonces algo  le rozó las piernas y, sugestionada, dio un salto. La gata se estaba frotando contra ella, ronroneando. Emma se agachó, respirando profundamente, y la cogió entre sus brazos aliviada. Una vez se hubo incorporado, un golpe certero la alcanzó en la cara provocándole un corte en el labio y otro en la ceja. Alguien había penetrado en la casa y la había atacado. Más por la sorpresa que por el dolor, cayó de espaldas y con ella la gata, que salió disparada buscando un lugar donde esconderse. No tuvo tiempo a abrir los ojos y descubrir quien la estaba atacando y con qué intención, un tiro entre ceja y ceja la dejó seca en el lugar en el que se había caído, ejerciendo éste de lecho mortal. 

Una semana después, el tío de Emma se encontraba viviendo en la casa que había sido de su familia durante generaciones y que siempre había sido motivo de discordia con su hermano. Jamás se pudo demostrar quien le había causado la muerte prematura a la pobre muchacha, pero los rumores siempre alzaron el dedo acusador en contra del ambicioso hombre que se aprovechó de la situación tras su muerte. 

martes, 14 de febrero de 2017

ARREPENTIRSE (II)


Sentir pesar por haber hecho o dejado de hacer algo.

Llegaste nuevo a clase cuando tenía doce años. Eras diferente al resto de los niños... Reservado, tímido y solitario. Eras inteligente, de eso no tengo ni la menor duda, pero preferías mantener las respuestas dentro de tu cabeza y no dejar saber al resto que sobresalías brillantemente.

Con trece años, comenzaste a sentarte en el pupitre de delante al habitual, se convirtió en una especie de tradición porque cada año te fuiste sentando más cerca del principio que del final. Debo confesar que me sorprendí a mí misma en varias ocasiones fantaseando con que te sentabas justo detrás de mí.

Con catorce, suspendiste matemáticas y por fin decidiste hablarme, aunque solo fuese para pedirme ayuda con los números. Nos pasamos los recreos juntos entre libretas con ejercicios y libros con problemas, pero por nada del mundo cambiaría esos momentos contigo por otros.

Con quince años, creí enamorarme de otro y le regalé mis primeros besos. Supongo que la cobardía me ganó y me dejé llevar por aquel que me lo puso fácil en lugar de echarle valor a lo que creía difícil.

Con dieciséis, confirmé mi teoría, hubiese sido mejor arriesgarse en lo complicado e inseguro y no dejarse llevar por quien te pinta mariposas en el aire a ti y a todas las chicas de tu curso.

Con diecisiete años, mis fantasías se hicieron realidad, te sentabas justo detrás de mí y decidí echarle valor. Una mañana te hablé y busqué mil y una escusas para poder pasar tiempo contigo. Con los años te habías convertido en un chico realmente atractivo, con tu aspecto desenfadado y tus ojos verdes se me aceleraba el corazón cada vez que me mirabas.

Con dieciocho dejé la ciudad y con ella cualquier posibilidad de volver a verte. Me embarqué en un mundo de locas tentaciones en las que encontraba una salida al torbellino de tus recuerdos. Volví a dejarme llevar por los cretinos y a llorar por quien no lo merecía.

Han pasado cinco años y no hay ni un solo día en el que no me arrepienta de no haberte confesado lo que sentía. Sin embargo, he aprendido una poderosa lección: es mejor arrepentirse de lo que has intentado  que de algo que no has hecho por cobardía.


Este relato está entrelazado con Arrepentirse (I), leerlos separados es posible, pero la magia reside en los dos puntos de vista. ¿Vosotros alguna vez habéis dejado pasar la oportunidad por cobardía? Feliz San Valentín y recordad: es mejor arrepentirse de lo que has intentado que de algo que no has hecho por miedo. 



lunes, 13 de febrero de 2017

ARREPENTIRSE (I)


Sentir pesar por haber hecho o haber dejado de hacer algo.


Te conozco desde que tenías doce años. Te sentabas en primera fila con tu sonrisa perfecta, tus trenzas pelirrojas y tu falda bien planchada. Cuando los profesores hacían cualquier pregunta, daba igual la temática, tú alzabas la mano como una flecha, ansiosa de verter la respuesta correcta. Dulce, inteligente, responsable y amable. La niña que todo padre querría por hija.

Con trece años, las pecas que adornaban tu cara empezaron a parecerse en mi imaginación a las estrellas y tu cara al cielo. Fue ese año en el que me adelanté una fila en clase, ya no era el último, era el penúltimo y cada silla que me separaba de ti era una agonía.

Con catorce, suspendí matemáticas a propósito con el único objetivo de tener una excusa para hablarte. Aprendí poco sobre números en los recreos en los que intentabas explicarme y demasiado sobre lo mucho que me gustaba tu simple compañía. 

Con quince años, diste tu primer beso al chico malo de moda por el que todas suspiraban y yo, mientras tanto, empezaba en los malos vicios del tabaco, tal vez intentando imitar aquello que te hacía suspirar.

Con dieciséis, ese cretino te rompió el corazón. Odio decir esto, pero me alegré de que sucediese, al fin te habías dado cuenta de que te merecías más.

Con diecisiete, me sentaba en segunda fila, justo detrás de ti. Tu larga melena pelirroja se ondeaba con cada movimiento de cabeza y yo me distraia con cada estúpido gesto que hacías. Te volviste a percatar de mi presencia y comenzamos a quedar alguna tarde en la biblioteca del instituto para repasar las lecciones que llevábamos peor. Bueno, tú repasabas, yo solo me embelesaba con tu sonrisa.

Con dieciocho años, dejaste la ciudad, te embarcaste en el embaucador mundo universitario y las malas lenguas cuentan que te enamoraste de otro prepotente con pendiente que solo te quería para un rato. 

Han pasado cinco años y no hay ni un solo día en el que no me arrepienta de no haberte confesado lo que sentía. Sin embargo, he aprendido una poderosa lección: es mejor arrepentirse de lo que has intentado que de algo que no has hecho por cobardía. 

viernes, 10 de febrero de 2017

ATARDECER



Empezar a caer la tarde.

"Si le preguntasen en ese momento 
si estabapreparada para partir, 
la respuesta sería sí".
"Quédate conmigo", le había suplicado Tobías en más de una ocasión, pero eso era algo que no estaba en las manos de Marina. Veintitrés meses luchando con la muerte la habían dejado exhausta. Era cierto que la travesía había sido turbulenta, dolorosa e incómoda, sin embargo, la muchacha hubiese repetido todos y cada uno de los pasos que había dado, sin dejar de tropezar con ninguna de las piedras con las que había topado. El día en el que le dijeron que no viviría más de un año lo recordaba como el más triste de su vida, únicamente por detrás del de la muerte de Otto, su perro de catorce años. No obstante, solo necesitó un par de días de llanto, una hoja de papel y un bolígrafo para afrontar la situación. Decidió escribir una larga lista de cosas por hacer y se prometió a sí misma que no abandonaría este mundo sin haberlas cumplido todas. 


La luz del atardecer bañaba el rostro de Marina. La última cosa que estaba sin tachar en su lista era ver el atardecer sin nada a su alrededor que la despistase del espectáculo, con la única compañía de su incorruptible compañero de viaje para poder saborear cada soplido de vida que el viento les regalase. Si le preguntasen en ese momento si estaba preparada para partir, la respuesta sería sí, porque había aprovechado hasta el último rescoldo de tiempo que le quedaba para valorar lo que realmente merecía la pena. Casi dos años de pequeños momentos valían más que ochenta sin aprovechamiento.

jueves, 9 de febrero de 2017

PUEDES CONFIAR EN MÍ


- Pero hay más ¿verdad? Sé que algo te atormenta. He aprendido a conocerte… Puedes confiar en mí, Samuel.



La miré como si la estuviese viendo por primera vez y una sensación cálida llenó mi pecho por completo.

- Sí, hay más.


Un torbellino de emociones invadió mi cuerpo, cerré los ojos y respiré hondo. Año nuevo, vida nueva. Supuse que era hora de abrir mi caja de Pandora personal y dejar sueltos todos los vientos que azotaban mi mente. Entonces, sentí como el cuerpo de Julieta se aproximaba al mío, apoyó su cabeza en mi hombro y entrelazó su mano con la mía. El olor de su pelo impregnó mis fosas nasales y, en ese momento, sentí que podía hablar de cualquier cosa, porque era invencible.

Este es otro fragmento, como PENSAR DEMASIADO NO ES SANO, de algo más grande que estoy preparando. Espero que os guste, ¡un saludo!


martes, 7 de febrero de 2017

MUERTO


Que está sin vida.

Un pestilente hedor se filtraba por debajo de la puerta del 2º A. Aurora, la habitante del 2º B, estaba harta de salir al rellano con un pañuelo en la boca, pero de todas las veces que había llamado al apartamento para quejarse no había encontrado a nadie.

Veinticinco años, un trabajo medianamente estable y una vida tranquila para su juventud... Aurora vivía sola desde hacía seis y había estado residiendo en su piso actual desde hacía dos. A su llegada, el horrible olor a muerto se respiraba por todo el rellano, pero parecía que ella era la única que lo percibía, por lo que no le dio importancia. Los meses pasaron y sus quejas aumentaron, sin embargo nadie le dio razón de semejante pestilencia. Cuando ya estaba a punto de rendirse y abandonar el piso de alquiler al que tanto le había costado amoldarse, decidió cometer una imprudencia: se colaría en el apartamento vecino y descubriría el origen del hedor para intentar atajarlo. 

Se dirigió a la entrada contigua a la de su casa, la forzó con la punta de un destornillador y, más fácil de lo que esperaba, la puerta se abrió. Una vez en el interior, el olor se convirtió en algo insoportable. Caminó en la penumbra hasta que se acordó de que su teléfono tenía linterna. Cuando el rayo de luz  iluminó el interior, la sangre se le heló. Una montaña de cadáveres se apilaban en el centro del salón. Algunos en perfecto estado, otros muy descompuestos, alguno que otro sin miembros o cabeza... Aurora no pudo retener el contenido de su estomago y vomitó en una esquina, cuando alzó la mirada de nuevo, algunos cadáveres ya no estaban. Un movimiento a su derecha la hizo sobresaltarse y tropezar, cayendo de espaldas y perdiendo la linterna. El foco de luz  alumbraba ahora hacia su izquierda, dejando a la vista de Aurora  cinco cuerpos: tres descompuestos, uno con solo la mitad de la cabeza y otro sin ojos. Los cinco estaban de pie, caminaban hacia ella. Mientras tanto, el resto de individuos que creyó muertos se levantaban, la rodeaban... La puerta de entrada que había dejado abierta se cerró de golpe y lo último que Aurora vio fue el foco de luz que brotaba de su teléfono.



domingo, 5 de febrero de 2017

ECHAR DE MENOS



Tener sentimiento y pena por su falta.

Pedro echaba de menos su casa. Su personalizada habitación llena de pósteres y libros era un oasis de paz ajeno del bullicio del exterior. Aunque, quizás, no era precisamente la casa lo que echaba de menos, sino el hogar. Sí, lo que extrañaba era la cálida sensación de sentirse en casa, protegido y amado, con sus seres queridos, con sus raíces. Debido a la falta de trabajo en su sector, Pedro había tenido que abandonar su amado país, dejando atrás a su novia, sus amigos, sus padres y el resto de su familia. Todo se había ido al garete, sus planes, sus ilusiones... Pero siempre se puede estar peor, al menos eso intentaba pensar. 

"En ese momento, mirando a través de la
ventana la lluviosa estampa del exterior,
se sintió más nostálgico que nunca".
Echaba tanto de menos a su gente, que llegaba a ser doloroso. Elisa, su novia, no había podido ir con él, porque, por suerte o por desgracia, ella sí tenía trabajo en España; explotador, mal remunerado y en el que era infravalorada, pero un trabajo y en su país. Pedro jamás le pediría que se sacrificara de la misma manera que él, quería verla feliz, aunque fuese en la distancia. 

La soledad se caía sobre sus hombros de una manera desgarradora. En ese momento, mirando a través de la ventana la lluviosa estampa del exterior, se sintió más nostálgico que nunca. Hacía meses que no veía los rayos del sol brillando sobre los árboles, ese nuevo paraje en el que se encontraba tenía un clima totalmente distinto, haciéndolo sentirse no solo fuera de lugar, sino en un mundo diferente; pero siempre se puede estar peor.

sábado, 4 de febrero de 2017

LUCHA



Esfuerzo que se hace para resistir a una fuerza hostil, para subsistir o para alcanzar algún objetivo.


- Tiene endometriosis.

Las palabras del doctor Zaragoza volvían a mi cabeza siempre que las fuerzas me fallaban. Tres años diagnosticada de endometriosis y no conseguía hacerme a la idea de que mi vida ya nunca volvería a ser igual. Los dolores me perseguían desde hacía ya demasiado tiempo, no había ni un solo día de descanso en el que pudiese decir: Hoy me siento bien.  Náuseas, mareos, sangrados... Solo eran piezas del rompecabezas agónico en el que se había convertido mi vida. Ciertos días, tenía tan insoportable dolor que, si cerraba los ojos, podía sentir como miles de puñales atravesaban mi abdomen con total precisión. Sin embargo, al abrirlos de nuevo nada me estaba perforando, todo era interno. Mi cuerpo había decidido dejar de funcionar correctamente sin ni siquiera pedirme una simple opinión al respecto. 

Supongo que soy una afortunada, dentro de mi gravedad. Tengo camaradas en esta tediosa travesía que han terminado perdiendo órganos y familia. Y digo familia porque en numerosas ocasiones, la gente no te comprende. El dolor, muchas veces, hay que vivirlo para poder creerlo. La endometriosis se queda con una parte de ti que jamás vuelves a recuperar. Se apodera de tus ganas de vivir, tu vida normal desaparece, te encuentras en una situación en la que no puedes hacer tus tareas diarias porque, directamente, no puedes moverte. Ya no te apetece salir de casa, quedar con tus amigas es misión imposible y la vida de pareja... Bueno, digamos que la intimidad con la persona que amas puede ser lo último que se te pasa por la mente. Te sientes inútil, pesada y muerta en vida. El concepto de vida normal se difumina de manera irrecuperable y tu nueva rutina es una situación discapacitante y delirante en la que matarías por no tener que estar. 

Operaciones no curativas, paliativos del dolor poco efectivos e intentos infructuosos de mejorar la calidad de vida es todo a lo que podemos agarrarnos. Probablemente podría hacerse más, pero como siempre, la salud es un gran negocio. Somos productos con los que comercializar, nuestra cura, nuestro sufrimiento... solo forman parte de una larga cadena en la que la regla de oferta y demanda es el principal motor. 

No, tres años no son suficientes para asimilar que el resto de mi vida será un infierno. Tal vez, este escrito sea algo más que un desahogo de mis pensamientos... Tal vez, sea una manera de enfrentarme a mi estado de frente, abrazar a esta maldita enfermedad y decirle: Vamos a llevarnos bien. El camino va a ser tedioso y, probablemente, no conozca la plenitud del dolor que realmente puedo tener, pero una cosa sí sé, es hora de apretar los dientes y pelear con fuerza. No me vas a ganar.


Este relato tiene un propósito, dar visibilidad a una enfermedad poco reconocida. La difusión de la existencia de esta patología es una forma de darle voz a aquellos que se han quedado sin fuerza para hablar.  Se necesitan firmas, si quieres aportar tu granito de arena aquí tienes esta propuesta de Change.org, no dejemos que sigan siendo ignoradas:


viernes, 3 de febrero de 2017

VENGANZA


Satisfacción que se toma del agravio o daños recibidos.

Elliot estaba sentado en la barra del bar de siempre, en el taburete de siempre con el whisky que siempre pedía. Llevaba quince años frecuentando ese antro, concretamente desde la primera vez que probó el alcohol de la mano de su tío Marcus. Tenía quince años por aquel entonces, era un chaval tímido, inocente y con pocas luces que maduró de golpe a causa del cinturón de su abuelo. Su padre, que por otro lado había sido también su madre tras el abandono de ésta cuando Elliot tenía apenas tres años, había muerto de un disparo en un atraco a un banco. A pesar de haber sido un experto ladrón, su padre había sido un pésimo escapista. Doce veces lo pillaron con las manos en la masa, doce veces pasó una pequeña temporada a la sombra y en la décimo tercera, como atraído por el famoso número de la mala suerte, fue víctima de su propia torpeza a la hora de trazar los planes.

No, Elliot no había tenido un buen ejemplo en su progenitor, pero su abuelo tampoco había sido un buen ejemplo para su padre. Sin embargo, por alguna extraña razón, el hombre que le dio la vida quiso que tras su muerte fuese su abuelo y no su tío quien se hiciese cargo de su impresionable hijo. El muchacho nunca entendió semejante deseo, fue la mala educación que le dio su abuelo lo que lo llevo por el mal camino... Si hubiese dejado que su tío lo criase... Hijo de distinto padre, con una educación y unos modales distintos... Su abuela había sido ágil escapando del opresor machista que tenía por primer marido, no como su primogénito.

Al abuelo de Elliot le gustaba empinar el codo y ya no hablemos de jugar a boxear con el pequeño saco humano que su hijo le había dejado en herencia. Comenzó a forzarlo a robar para él cuando llevaba en su casa apenas seis meses y le prohibió comunicarse con el resto de su familia. Su abuelo no solo lo estaba guiando por el sendero de la corrupción y los malos vicios, sino que lo utilizaba como transportista en transacciones de dudosa embergadura. Una mañana, lo despertó a gritos y lo arrastró fuera de la cama con el único objetivo de que se tragase un paquetito plastificado que más tarde debería entregar, "fuese como fuese", a su destinatario. El muchacho se negó por primera vez en cinco años a cumplir sus deseos, lo que le acarreó tres costillas rotas y morados por todo el cuerpo. Esa fue la primera vez que Elliot pensó en matar a su abuelo.

Quince años después allí se encontraba, en el único remanso de paz que le había proporcionado la vida, a través de su tío Marcus, desde la muerte de su padre. Sentado en ese taburete de bar, apoyado en la barra y con la camiseta blanca embadurnada con la sangre del hombre que le había convertido en el indeseable que era ahora, Elliot sonreía aliviado. Dio el último trago a la copa de whisky en el momento exacto en el que la policía irrumpía en el bar.


jueves, 2 de febrero de 2017

DEUDA


Obligación que alguien tiene de pagar, satisfacer o reintegrar a otra persona algo.

La lluvia azotaba el cristal como un látigo insaciable. Eleonor leía un libro con la agradable compañía del chisporroteo de las llamas danzando en la chimenea. La tormenta en el exterior era aterradora; las nubes se habían teñido de un oscuro color grisáceo, el viento zarandeaba los árboles como si de hilos se tratasen y la luz de los rayos era la única fuente lumínica que el cielo ofrecía. La muchacha vivía sola con su anciana abuela en el caserón que había pertenecido a su familia durante generaciones. La  mujer era la única familia que le quedaba tras la traumática muerte de sus padres y su hermano en un incendio. Eleonor la amaba por encima de todas las cosas, pues su abuela había dado su vida entera para cuidar de ella cuando se quedó sola, sin embargo, debía admitir que en los últimos años se había convertido más en una carga que en una compañía.

De repente, un sonido atronador en el interior de la casa la devolvió a la realidad fuera de la maravillosa lectura que estaba disfrutando. Gritó con voz preocupada:

- ¡¿Nana?!

"La muchacha vivía sola con su
anciana abuela en el caserón 
que había pertenecido a su 
familia durante generaciones".
Pero no obtuvo respuesta. Decidió ir a averiguar qué había provocado semejante estruendo, dejó el libro en la mecedora y salió al frío pasillo. Una oscuridad total la recibió y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Nunca le había gustado la oscuridad, pero lo de aquella noche era diferente. Avanzó hacia el cuarto de su abuela con sumo cuidado, temerosa de que la casa se le cayera encima si hacía un mal movimiento. Cuando llegó a la altura de la puerta de la habitación, se la encontró entreabierta y, a través de la rendija que daba al interior, pudo vislumbrar un leve asomo de luz. Entró con cuidado y se encontró a su abuela de pie en el centro de la habitación, enfundada en su camisón de dormir, con el pelo suelto y una vela encendida entre sus manos.

- Nana, me has asustado. ¿Qué estás haciendo? - preguntó la muchacha.

La anciana mujer no respondió. Algo en el ambiente le erizaba el bello a Eleonor, la cual comenzó a acercarse a su abuela sin ni siquiera ser consciente de ello. Una vez estuvo frente a frente con ella, la mujer sonrió.

- Es hora de que conozcas la maldición, pequeña - le dijo.

Sin explicación aparente la puerta se cerró dando un portazo. Eleonor no entendía que estaba pasando y corrió hacia la entrada de la habitación intentando desbloquearla inútilmente. Estaban encerradas. Miró a su abuela asustada y vio como está se acercaba a ella con esa macabra sonrisa dibujada en su rostro. Con una mano helada acarició el rostro de la chica.

- Es hora de que conozcas la maldición - repitió.

Repentinamente, tiró la vela al suelo, al centro de la habitación donde la había encontrado previamente de pie. Como si hubiese gasolina en el suelo, el fuego se propagó por la habitación a la misma velocidad con la que cae un rayo. Eleonor no podía apartar la vista de las llamas ni de su abuela que se había sumergido en el fuego como si fuese inocuo para ella. Controlada por una voluntad que no era la suya, la siguió. 

El viejo caserón de los Lancero fue devorado por las llamas, entre las cenizas fueron hallados los cuerpos calcinados de dos mujeres que murieron tomadas de la mano. Abuela y nieta compartieron los últimos momentos de vida y, con ellas, terminó la maldición que llevaba años persiguiendo a la familia. El fuego había saldado su deuda.




miércoles, 1 de febrero de 2017

DESENCANTADA


Decepcionada, desengañada.

"Esa sudadera, donativo como el resto
de su ropa, era su única fuente de
alimento cuando el escaso dinero que
 su madre conseguía juntar se esfumaba
 como por arte de magia". 
Joana llevaba su holgada y vieja sudadera de los Lakers como siempre que iba al supermercado. Era la única con la que podía robar alguna lata o algún bollo sin que se notase. Hacía ya dos años que se dedicaba a las malas artes del carterismo y el hurto, pero no se sentía mal por ello. De algo tenían que vivir y si nadie les daba la oportunidad por la vía legal... No podía dejar que su hermano pequeño muriese de hambre. Su padre agonizaba por un cáncer terminal y su madre tiraba como podía de la familia, con un miserable sueldo al margen de la ley. Esa sudadera, donativo como el resto de su ropa, era su única fuente de alimento cuando el escaso dinero que su madre conseguía juntar se esfumaba como por arte de magia. 

Dieciséis años y una aterradora vida por delante. Joana ya no tenía fe en nada, tan joven y tan desencantada...Su madre siempre le pedía que dejase de robar, que encontraría la manera de salir adelante, pero ella sabía que no lo conseguiría. Con cuarenta y largos, sin estudios superiores y tres cargas a sus espaldas... No, su madre lo tenía muy difícil en un mundo que consideraba más importante el aspecto físico que las ganas a la hora de trabajar. Joana lo sabía, su madre lo sabía, incluso su moribundo padre lo sabía y por eso, en el fondo, se sentía bien robando. La sociedad los obligaba a vivir marginados, ¿por qué no darle una razón para ello?