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martes, 14 de febrero de 2017

ARREPENTIRSE (II)


Sentir pesar por haber hecho o dejado de hacer algo.

Llegaste nuevo a clase cuando tenía doce años. Eras diferente al resto de los niños... Reservado, tímido y solitario. Eras inteligente, de eso no tengo ni la menor duda, pero preferías mantener las respuestas dentro de tu cabeza y no dejar saber al resto que sobresalías brillantemente.

Con trece años, comenzaste a sentarte en el pupitre de delante al habitual, se convirtió en una especie de tradición porque cada año te fuiste sentando más cerca del principio que del final. Debo confesar que me sorprendí a mí misma en varias ocasiones fantaseando con que te sentabas justo detrás de mí.

Con catorce, suspendiste matemáticas y por fin decidiste hablarme, aunque solo fuese para pedirme ayuda con los números. Nos pasamos los recreos juntos entre libretas con ejercicios y libros con problemas, pero por nada del mundo cambiaría esos momentos contigo por otros.

Con quince años, creí enamorarme de otro y le regalé mis primeros besos. Supongo que la cobardía me ganó y me dejé llevar por aquel que me lo puso fácil en lugar de echarle valor a lo que creía difícil.

Con dieciséis, confirmé mi teoría, hubiese sido mejor arriesgarse en lo complicado e inseguro y no dejarse llevar por quien te pinta mariposas en el aire a ti y a todas las chicas de tu curso.

Con diecisiete años, mis fantasías se hicieron realidad, te sentabas justo detrás de mí y decidí echarle valor. Una mañana te hablé y busqué mil y una escusas para poder pasar tiempo contigo. Con los años te habías convertido en un chico realmente atractivo, con tu aspecto desenfadado y tus ojos verdes se me aceleraba el corazón cada vez que me mirabas.

Con dieciocho dejé la ciudad y con ella cualquier posibilidad de volver a verte. Me embarqué en un mundo de locas tentaciones en las que encontraba una salida al torbellino de tus recuerdos. Volví a dejarme llevar por los cretinos y a llorar por quien no lo merecía.

Han pasado cinco años y no hay ni un solo día en el que no me arrepienta de no haberte confesado lo que sentía. Sin embargo, he aprendido una poderosa lección: es mejor arrepentirse de lo que has intentado  que de algo que no has hecho por cobardía.


Este relato está entrelazado con Arrepentirse (I), leerlos separados es posible, pero la magia reside en los dos puntos de vista. ¿Vosotros alguna vez habéis dejado pasar la oportunidad por cobardía? Feliz San Valentín y recordad: es mejor arrepentirse de lo que has intentado que de algo que no has hecho por miedo. 



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