jueves, 2 de febrero de 2017

DEUDA


Obligación que alguien tiene de pagar, satisfacer o reintegrar a otra persona algo.

La lluvia azotaba el cristal como un látigo insaciable. Eleonor leía un libro con la agradable compañía del chisporroteo de las llamas danzando en la chimenea. La tormenta en el exterior era aterradora; las nubes se habían teñido de un oscuro color grisáceo, el viento zarandeaba los árboles como si de hilos se tratasen y la luz de los rayos era la única fuente lumínica que el cielo ofrecía. La muchacha vivía sola con su anciana abuela en el caserón que había pertenecido a su familia durante generaciones. La  mujer era la única familia que le quedaba tras la traumática muerte de sus padres y su hermano en un incendio. Eleonor la amaba por encima de todas las cosas, pues su abuela había dado su vida entera para cuidar de ella cuando se quedó sola, sin embargo, debía admitir que en los últimos años se había convertido más en una carga que en una compañía.

De repente, un sonido atronador en el interior de la casa la devolvió a la realidad fuera de la maravillosa lectura que estaba disfrutando. Gritó con voz preocupada:

- ¡¿Nana?!

"La muchacha vivía sola con su
anciana abuela en el caserón 
que había pertenecido a su 
familia durante generaciones".
Pero no obtuvo respuesta. Decidió ir a averiguar qué había provocado semejante estruendo, dejó el libro en la mecedora y salió al frío pasillo. Una oscuridad total la recibió y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Nunca le había gustado la oscuridad, pero lo de aquella noche era diferente. Avanzó hacia el cuarto de su abuela con sumo cuidado, temerosa de que la casa se le cayera encima si hacía un mal movimiento. Cuando llegó a la altura de la puerta de la habitación, se la encontró entreabierta y, a través de la rendija que daba al interior, pudo vislumbrar un leve asomo de luz. Entró con cuidado y se encontró a su abuela de pie en el centro de la habitación, enfundada en su camisón de dormir, con el pelo suelto y una vela encendida entre sus manos.

- Nana, me has asustado. ¿Qué estás haciendo? - preguntó la muchacha.

La anciana mujer no respondió. Algo en el ambiente le erizaba el bello a Eleonor, la cual comenzó a acercarse a su abuela sin ni siquiera ser consciente de ello. Una vez estuvo frente a frente con ella, la mujer sonrió.

- Es hora de que conozcas la maldición, pequeña - le dijo.

Sin explicación aparente la puerta se cerró dando un portazo. Eleonor no entendía que estaba pasando y corrió hacia la entrada de la habitación intentando desbloquearla inútilmente. Estaban encerradas. Miró a su abuela asustada y vio como está se acercaba a ella con esa macabra sonrisa dibujada en su rostro. Con una mano helada acarició el rostro de la chica.

- Es hora de que conozcas la maldición - repitió.

Repentinamente, tiró la vela al suelo, al centro de la habitación donde la había encontrado previamente de pie. Como si hubiese gasolina en el suelo, el fuego se propagó por la habitación a la misma velocidad con la que cae un rayo. Eleonor no podía apartar la vista de las llamas ni de su abuela que se había sumergido en el fuego como si fuese inocuo para ella. Controlada por una voluntad que no era la suya, la siguió. 

El viejo caserón de los Lancero fue devorado por las llamas, entre las cenizas fueron hallados los cuerpos calcinados de dos mujeres que murieron tomadas de la mano. Abuela y nieta compartieron los últimos momentos de vida y, con ellas, terminó la maldición que llevaba años persiguiendo a la familia. El fuego había saldado su deuda.




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