miércoles, 6 de septiembre de 2017

Bonita casa.

El sonido de la puerta de entrada cerrándose bruscamente me despierta en plena noche. Abro un ojo, como buenamente puedo, y miro el despertador digital que brilla en la oscuridad de mi mesita de noche. Las tres de la madrugada. Somnolienta y aturdida por las pastillas para dormir que me veo en la necesidad de tomar cada noche, pregunto a la oscuridad:

- ¿Mario? 

No es hasta quince segundos después que me doy cuenta de que es imposible que sea él. Mario me dejó hace tres meses por la hermana de mi mejor amiga, con un mísero y cruel mensaje, vaciando los armarios mientras yo no estaba en casa y desapareciendo de mi vida como las nubes de las tormentas de verano, sin dejar rastro. En ese momento de clarividencia mis sentidos se despiertan por completo, la adrenalina comienza a subir por todos los recovecos de mi cuerpo a la par que el miedo se incrementa a cantidades insanas. Me levanto silenciosamente, cojo la lámpara de la mesilla a modo de arma y me asomo a la puerta de mi habitación que da directamente a un pequeño salón donde la ausencia de muebles me recuerda cada día mi precariedad económica. Un movimiento a mi izquierda hace que me estremezca. Decido encender la luz, prefiero ver de frente a quien sea que se ha colado en mi apartamento sin permiso. 

Con el primer parpadeo de la bombilla alguien me agarra con brusquedad por la espalda, poniéndome una mano enfundada en un guante, de lo que parece ser látex, en la boca y la otra me agarra fuertemente las manos a la espalda. Siento como una respiración húmeda y cálida se acelera en mi cuello y susurra en mi oído: 

- No lo hagas más dificil.

 Entonces, el miedo desaparece, me siento como en un sueño, sumida en una profunda relajación antinatural, dejo de pelear y de moverme y mi agresor retira la mano de mi boca. 

- Buena chica - me dice. 

En ese momento coge algo que no alcanzo a ver y me mueve como si fuese un mueble más hasta delante del espejo del recibidor, no soy consciente de lo que está pasando realmente hasta que veo su reflejo en el espejo. Su rostro no es más que un amasijo de piel quemada, los ojos no se distinguen, su nariz está deformada y lo único impoluto es una boca que sonríe en una mueca monstruosa. El horror vuelve a invadirme por completo como una ola arrasadora en un rompiente y él ahoga mi grito poniendo una cuerda alrededor de mi cuello. Apretando. Matando.

- Bonita casa - es lo último que escucho.


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