jueves, 4 de enero de 2018

Mis amigos os saludan.

Me gusta hacer nuevos amigos, de esos que te cuentan historias, de los que te enamoran y te envuelven en sus mundos haciéndote olvidar hasta el más estúpido problema. De esos a los que puedes recurrir a cualquier hora, en cualquier momento y en la situación más extraña. De los que te acompañan a todas partes si se lo pides. De esos que no se deben juzgar por la portada, porque hay que pararse a leerlos, a conocerlos. Me gusta hacer amigos con los que contar a través de los años, de los que no decepcionan.

En este pasado año he hecho dieciséis amigos nuevos y a uno de ellos lo he redescubierto. Espero no estar olvidándome de ninguno y si es así, ¡ojalá me perdone! Todos y cada uno de ellos me han enseñado una lección o me han regalado una sonrisa, por eso y por mucho más me encantaría que los conocieseis.

Comencé el año en Barcelona, embarcada en las aventuras que Daniel Sempere y Fermín Romero de Torres tenían que contarme y es curioso, porque casi termino el año en el mismo sitio, redescubriendo las mismas aventuras, releyendo la misma historia, enamorándome de los puentes literarios que ya conocía bien. Continué mi trayecto en Kersey, con la historia de Cathy y entendiendo que ni todo el amor del mundo puede perdonar ciertos daños ocasionados. 

Por alguna extraña razón que desconozco, continué mi andadura en Vilagarcía de Arousa, es decir, bastante cerca de casa. En Vilagarcía me encontré con el inspector Fernando Coira que no lo tuvo fácil en un caso de narcotráfico y muerte en el que todo parecía culminar con una sombra en la noche. La niebla que parecía cubrir el caso del inspector Coira complicando su resolución, se trasladó en el tiempo y en el espacio a: un pueblo inglés en la costa Atlántica en 1943, donde Max descubrió los misterios de su nueva casa; Calcuta en el año 1932, donde Ben y Sheere se reencontraban sin ni siquiera darse cuenta de que ya se conocían y a Normandía en 1937, donde Irene e Ismael descubrieron los horrores de Cravenmoore. Después de todo esto me volví a enamorar de Fermín Romero de Torres y conocí al Prisionero del Cielo. 

No tardé mucho en descubrir con Madison (en Francia) que el amor de una madre puede ser infinito y que ni las peores situaciones pueden quebrantarlo. De vuelta en España, Elena me enseñó que nunca es demasiado tarde para hacer lo que realmente quieres, para romper con todo aquello a lo que estás ligada solamente por costumbre, que nunca es demasiado tarde para matar estereotipos. Nunca es demasiado tarde para ser feliz. 

En muchos lugares y en ninguno a la vez, he descubierto también que puede haber un Cuarteto para un Solista y que hay locos que están más cuerdos que aquellos que los juzgan. En Lavapiés, Alba me contó que el amor es más complejo de lo que parece y que a veces elegir es imposible. Con  Julia me fui a EEUU y entendí que con lo que había visto podría juntarse con el solista del cuarteto, porque me enseñó con su historia que estamos destruyendo La Tierra entre todos y que no se debe juzgar a la gente por sus elecciones; por lo visto somos libres para vivir como queramos hasta que otro decide que no tenemos ese derecho. 

También he de decir que he aprendido mucho sobre política americana gracias a Corey Grace y Lexie Hart. Además he entendido que las oportunidades que dejamos pasar son como globos que se nos escapan de las manos volando lejos de nosotros, no volviendo a estar a nuestro alcance nunca más. Gracias Javier por esa hermosa comparación. 

Por último, conocí a mi admirada inspectora Salazar. Amaia, para los amigos, inspectora o jefa para aquellos que dudan de su valía. Ejemplo de mujer valiente y fuerte, me ha enseñado a creer en la justicia y en guardianes invisibles. 

Gracias a todos, gracias de verdad. Gracias Carlos Ruiz Zafón por la saga de El Cementerio de los Libros Olvidados y la Trilogía de la Niebla. Gracias a Leila Meacham por Regreso a Kersey. Gracias a Arturo Baeyens Martin por Una Sombra en la Noche. Gracias a Delphine Bertholon por Nunca Olvides que te Quiero. Gracias a Fátima Casaseca por Nadie se Muere de Esto. Gracias  José Luis Sampedro y Olga Lucas por Cuarteto para un solista y a Karen Thompson  Walker por La Era de los Milagros. Gracias a Elisabet Benavent por Alguien que no soy. Gracias a Richard North Patterson por La Contienda y mil gracias a Javier Martínez por su generosidad con El Lugar Donde Mueren los Globos Perdidos. Por último, gracias Dolores Redondo por la Trilogía del Baztán con la que he terminado y empezado el año nuevo. 

Millones de gracias por regalarme la oportunidad de vivir mil vidas en una.


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